Colegio GCA

¡Prepárate para ser feliz!

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¿Y la identidad sexual de mi hijo?

Carta a los padres de familia

Queridos padres,

La lucha de ideas que invadió los medios de comunicación en este último tiempo, avivó un debate que no puede reducirse a la vana argumentación o desinformación de las redes sociales y algunos medios de comunicación. ¿Qué debemos hacer como colegio y como familia para asumir con responsabilidad, humanidad y amor el reto de formar la identidad sexual de nuestros niños y jóvenes? En esta carta quiero exponer los argumentos con los que se identifica el Gimnasio Campestre Los Alpes.

En primer lugar, nuestro trabajo formativo se concentra en la consolidación y en el fortalecimiento de la familia como el lugar privilegiado en el que cada niño construye su identidad sexual. Nadie puede arrebatar a los padres el derecho inalienable de formar en sus hijos el modelo de hombre y mujer con el que enfrentarán el mundo. Sólo papá y mamá tienen el maravilloso privilegio de enseñarnos a amar y aprender a expresar corporalmente ese amor. Ninguna otra institución o persona tiene derecho a modelar la identidad de nuestros hijos.

Tres acciones principales deben garantizar su bienestar emocional

1. El cuidado permanente:

¿Reconoces las alegrías y tristezas de tus hijos?

¿Te conectas con sus emociones y atiendes sus cambios?

¿Sabes con quién y a dónde van?

¿Lo orientas para que aprenda a diferenciar los adultos o personas mayores que quieren hacerle daño?

2. Dedicación de tiempo:

¿Cuánto tiempo real comparto con mis hijos?

¿Escucho sus aventuras?

¿Resuelvo sus dudas sobre el amor, los novios, los amigos o el sexo?

¿Comparto espacios innegociables en el transcurso de la semana?

3. Mi ejemplo de vida:

¿Tengo claro que mis hijos aprenden a ser hombres y mujeres gracias a mi ejemplo?

¿Sé que el amor que les profeso ellos lo traducen en el amor que comparten con los demás en la vida?

Sin duda, nuestra propia vida emocional-sexual es la mejor enseñanza, la primera que captará y se apropiará. Una familia empoderada de la formación y la historia de vida de su hijo debe tener menos miedo de las complejidades del mundo en que vivimos.

En segundo lugar, sin distinción de género, edad y orientación, nuestro colegio es un espacio de socialización. Es un espacio abierto en el que damos nuestros primeros pasos en las relaciones afectivas. El colegio no es un lugar para intimar. No destinamos ni permitimos espacios para las manifestaciones de amor íntimo. Los besos, las caricias y todo lo que el amor dibujado por el cuerpo nos pide tienen un lugar y un tiempo distinto al de la escuela. Los niños de todas las edades merecen estar en espacios abiertos, de libre tránsito y participación. No estoy dispuesto a que el colegio reproduzca, como un escenario cualquiera, todo aquello que los medios de comunicación pretenden modelar sin contemplar los tiempos de formación y desarrollo.

En tercer lugar, cuando en nuestro colegio se presente cualquier caso relacionado con identidades sexuales diferentes, acogeremos con amor y guiaremos con responsabilidad al estudiante y a su familia. Valoraremos su dignidad como seres humanos y trabajaremos para producir el mayor bienestar posible.

No permitiremos ningún tipo de exclusión e impediremos cualquier forma de divulgación equivocada. De la misma forma, nuestros docentes tienen la obligación y el compromiso ético de no orientar en ningún sentido la educación sexual de nuestros estudiantes. En ese aspecto tan importante, ningún miembro de este colegio expresa el sentir o el deseo de la institución.

Finalmente, no permitamos que las redes sociales, los medios de comunicaciones, los amigos o personas extrañas y malintencionadas, formen la identidad sexual de nuestros hijos. Arrebatemos a todos estos intrusos la oportunidad única que tenemos de amar a nuestros hijos y enseñarles a amar.

 Camilo Castaño                                                                                                                                                   Rector Gimnasio Campestre Los Alpes

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¿DEBO SER AMIGO DE MIS HIJOS?

Es motivo de polémica esta cuestión de si debemos o no ser amigos de nuestros hijos. Desde diferentes corrientes psicológicas, nos vienen respuestas a favor y en contra. Sin duda, la cuestión también involucra nuestra tarea como maestros: ¿los docentes debemos ser amigos de nuestros estudiantes? Pues bien, quiero aprovechar este espacio para compartirles algunas de mis reflexiones al respecto.

Tal vez, las desfiguradas relaciones de amistad han confundido el nombre que damos a nuestras relaciones. Así, quienes defienden la idea de que papá y mamá deben ser padres y no amigos describen contextos de complicidad e irresponsabilidad en los que son educados algunos niños y jóvenes. Patrocino el licor que van a consumir; no les defino límites de tiempo para llegar a casa o no programo espacios para que nuestros hijos compartan con la familia a la que pertenecen; les permito que nos hablen o, en ocasiones, nos griten borrando nuestro lugar como tutores; cumplo todos sus caprichos y deseos; justifico todas sus equivocaciones y quito de en medio todos los obstáculos que la vida le propone. Entonces, si esas son las pautas de relación con mi hijo, no soy ni su padre ni su mejor amigo, soy su peor enemigo. ¿Qué amigo fiel me lanza al abismo del desorden, la indisciplina, la irresponsabilidad y el descontrol? ¿Podemos llamarle amigo a aquella persona que se propone complacerme en todo para hundirme en la peor de las desgracias?

Los buenos amigos con los que Dios me ha bendecido son las personas más exigentes y críticas que he tenido. Su preocupación permanente, su generosidad, sus enseñanzas, su compañía incondicional. Son las personas más duras y radicales con mis errores y las más amorosas conmigo. Les puedo contar sin miedo mis errores más vergonzosos y los momentos más dolorosos de mi historia. Todo lo que saben de mí son las razones que completan el amor que sienten por mí. Si esto es capaz de hacer un amigo que me encuentro en el transcurso de la vida, ¿cuánto es capaz de hacer mi papá y mi mamá cuando se convierten en mis verdaderos amigos? Estoy seguro que la mejor forma de hacerle frente a este mundo convulsionado es lograr que nuestros niños y jóvenes tengan en sus adultos tutores amigos sinceros y comprometidos con su vida.

Disfruten de la experiencia más maravillosa que puede tener un padre con sus hijos o un maestro con sus estudiantes cuando es su mejor amigo: lograr que reconozcan tu autoridad, valoren y respeten tu experiencia y tus normas, confíen en ti para contar las cosas importantes de tu vida, quieran disfrutar contigo sus juegos y diversiones, hablen de ti por tu ejemplo de vida y quieran ser como tú. En esto consiste mi felicidad: mis estudiantes me reconocen y me respetan como su maestro y saben, en el fondo de su corazón, que los amo como su mejor amigo.

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¿Cantidad o calidad de tiempo?

El pequeño debate sobre cuánto tiempo debemos dedicar a nuestros hijos para darles la mejor formación posible, generalmente, aprendimos a resolverlo diciendo que preferimos dar calidad de tiempo y no cantidad… que lo importante es la calidad. De esa manera, hemos justificado la dosificada inversión de tiempo que damos a nuestra familia. En estos días, han llegado a mí dos mensajes que hoy quiero compartir con ustedes:

a. La adicción a la marihuana toca las puertas de una familia. Un joven lleno de talentos e inteligencia, acosado por su dificultad para construir su sentido de vida, se enfrenta al consumo de marihuana. Sus tutores, desconcertados, temen que el muchacho cabe el foso profundo de la adicción. Ante ese escenario, me encuentro con un padre cercano a la familia y, en medio de la conversación, citando otra conferencia, me dice refiriéndose a los padres del joven: “sus padres tienen que dejar de decirse esa gran mentira, calidad de tiempo SÍ es cantidad de tiempo cuando se trata de nuestros hijos”.

De nuevo, estos queridos papás no han dedicado el tiempo suficiente para estar con su hijo joven. Las deudas, el trabajo, los negocios, la empresa, los problemas de pareja… todo parece más importante que él. Por lo menos, este pequeño joven lo cree así.

b. En un mensaje por las redes sociales, recibí esta historia: el rector de un colegio preguntó a sus padres cuántos tenían carro. Todos levantaron la mano. Preguntó cuántos lo prestarían a su empleada del servicio doméstico o a un extraño. Ninguno levantó mano. Después, preguntó si eran más importantes sus hijos o su carro. Parece que no tenemos problema en dejar mucho tiempo a nuestros hijos con la empleada del servicio doméstico. Y a nuestro carro lo cuidamos como un tesoro; nadie lo puede tocar. Parece una indignante exageración, pero a mí me cuestionó.

Sin duda, más allá de los argumentos que justifican nuestra falta de tiempo, calidad de tiempo es cantidad de tiempo, sobretodo, cuando se trata de formar nuestros niños y jóvenes. Formar sus hábitos y rutinas de vida; moldear su vocabulario y sus acciones; escuchar sus preocupaciones e intereses; reconocer sus talentos y disfrutar de sus habilidades; exigen tiempo con ellos. Definamos tiempos y lugares durante la semana para compartir con nuestros pequeños. Convirtamos esos tiempos y lugares en espacios sagrados.

Sin importar lo que pase, el fin de semana o todas las noches después de cena son para ti, no los dedicaré a NADA ni a NADIE MÁS. Sabré qué programas de TV ves, a qué hora duermes, con quién hablas o chateas, dedicaré espacios para escucharte y saber más de ti, te hablaré de mí y nos haremos uno solo, porque te amo. No esperemos a que nuestro hijo, sin saber qué hacer en sus momentos de tormenta o dolor, nos grite

desde lo más profundo de su corazón: ¡¿Dónde estabas cuando te necesité?!

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En la boca del lobo…

Siempre será más sabio prevenir que corregir. Esta es una evidencia que no necesita muchas explicaciones, nos resulta verdadera en sí misma. Sin embargo, cuando se trata de nuestra vida cotidiana, de las acciones y decisiones con las que vamos completando nuestros días, prevenir no es, precisamente, la consigna. La tentación permanente a aplazar lo que debemos hacer; la tendencia a llevar hasta el límite los hábitos que, sabemos, hacen daño a nuestra salud; la costumbre arraigada de ignorar las advertencias, la norma, el aviso de peligro; todas esas acciones que nos hacen caminar por el innecesario filo entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, la vida y la muerte. Ahora bien, cuando se trata de la formación permanente de nuestros niños y jóvenes, preferir la corrección a la prevención es la peor de las elecciones. Nuestra tarea como padres y maestros es construir estrategias de formación, protección y cuidado preventivo, ¡no correctivo! En estos años, he podido constatar cómo muchos de los que hoy son los problemas más complejos que enfrenta la escuela tienen origen en un adulto necio que prefirió la corrección a la prevención.

Voy a mostrarlo enseguida:

Es evidente el peligro al que están expuestos nuestros hijos e hijas ante las redes sociales y todo el contenido que ofrece el mundo virtual, la Web. Es indiscutible. Sin embargo, a mí me surgen sólo preguntas: está bien que debas mantener la comunicación con tus hijos, pero ¿debe ser con un aparato electrónico de última tecnología con acceso a TODO? ¿Debe ser con el mejor plan de datos? No comprendo bien para que, un niño de 8 años o un joven de 13 ó 16 años necesite una autopista virtual. Todo se necesita en su tiempo, para un propósito y unas tareas definidas. Eso hace valiosa la tecnología. Me dicen que deben tener Internet en casa. Está bien. Pero, ¿es posible que adquiramos el plan que lo protege de visitar páginas nocivas? ¿Podemos hacer el pequeño esfuerzo de comunicarnos con la empresa que presta el servicio para pedirle bloquear lo indeseado y acceder permanentemente al historial? De acuerdo, Internet es parte de nuestra vida.

Pero, ¿debe tener el PC en su habitación? ¿No es posible que definamos horas, lugares y condiciones de acceso? Sé que estamos expuestos a la perversión de adultos pedófilos, expendedores de drogas y otras atrocidades contra nuestros niños y jóvenes. Pero, ¿cómo es posible que mi hijo o hija salga de casa sin control? ¿Dónde estoy yo cuando mi hijo decide salir a cualquier lugar, con cualquier persona? No quiero que envíe ni reciba material pornográfico ni propuestas que atenten contra su vida, pero le entrego todo el material suficiente para que suceda lo contrario.

Le estamos haciendo demasiado fácil el trabajo a los delincuentes. Somos demasiados ingenuos… e irresponsables. A los peligros siempre estarán expuestos. El mal siempre estará con nosotros. Ese no es el problema, el problema es que nuestra ingenuidad los ha puesto en la boca del lobo…

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¿Libre desarrollo de la personalidad?

Para la escuela y la familia en nuestro país, se convirtió en un debate interminable el problema de los límites de la libertad. Desde polos opuestos, unos formadores y otros discuten sobre la conveniencia o no de otorgar licencias de comportamiento a nuestros niños y jóvenes. Para algunos, resulta prematuro y contraproducente dejar que niños y jóvenes tomen decisiones sobre su vestido, sus costumbres y hábitos, su música, sus lugares de encuentro, etc. Para otros, la niñez y la juventud son condiciones suficientes para respetar la autonomía de decisión y autodeterminación de nuestros hijos. Al respecto, creo que es fundamental fortalecer un espacio de formación capaz de mediar entre estos extremos, ambos problemáticos e incompletos. Creo en la formación para la libertad, la autonomía, la autodeterminación. Sin embargo, creo que esa libertad es producto del esfuerzo, la construcción permanente, el aprendizaje motivado y guiado por maestros expertos y cuidadosos. La libertad no es un derecho des-in-formado para hacer lo que quiera, inclusive en contra de mí mismo (adicciones, daños físicos…) o en contra de otros. La libertad individual es una victoria, una meta, que sólo alcanzan verdaderamente quienes se esfuerzan por construirla de forma responsable, progresiva y encausada. No nacemos libres, sin razón ni formación, nos formamos para la libertad. Así pues, permitir que nuestros pequeños discípulos “decidan” sobre TODO lo que conviene a sus vidas cuando apenas están reconociendo el mundo al que pertenecen, las implicaciones y consecuencias de sus actos y la existencia real de otros seres humanos, es un acto de irresponsabilidad y desidia que hace culpables a los adultos, padres y maestros. Trabajo con esfuerzo para que mis estudiantes sean libres, no los trato en todo, sin medida ni criterio, como si ya fuesen libres. El amor que les tengo lo traduzco en cuidado, de tal forma que comprendo cuando su aparente decisión atenta contra su vida, su futuro inmediato o su salud.

Los maestros y padres caímos en una trampa: confundimos el libre desarrollo de la personalidad con la esclavitud a la que son sometidos nuestros niños y jóvenes cuando sea hacen presa fácil del consumo desmedido. No es libertad real querer tener y comprar todo lo que nos venden. Ropa, lujos, aparatos electrónicos… eso no representa un acto de libertad. Es la paradoja de la necesidad insaciable de tener cosas. Y menos cuando esa necesidad de consumir está ligada, sin criterio, a la imitación de los “héroes” que esta sociedad de consumo nos propone. ¿Libertad para parecerme al cantante, al futbolista, al actor o al maleante de turno? Libre todo aquel que define, con espíritu crítico y verdadera independencia, una forma propia de ser y hacer en el mundo. Nuestra primera misión formativa es crear esa capacidad crítica en nuestros pequeños. Toda perfecta libertad es una responsabilidad, por sí mismo y por los otros.

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¿Qué es una familia?

La cuestión que propongo es polémica y difícil de resolver. Mi definición de la familia tiene una sola motivación: descubrir un lugar en el que los niños y jóvenes encuentren todo el amor que merecen para alcanzar su felicidad personal. Ellos no son responsables de las decisiones de los adultos. Sus vidas no deben quedar condenadas por acusaciones morales o creencias religiosas que los desconocen como la única prioridad. Les propongo que vayamos más allá de la familia ideal y pensemos cómo construir familias asumiendo las circunstancias de la vida. Más allá de quiénes sean las personas que conviven en casa, lo importante es la disposición que estas personas tienen para convertir ese lugar en un amoroso espacio familiar. Entonces, ¿qué es una familia?

Una familia es un lugar en el que los adultos, los niños y los jóvenes están vinculados a proyectos comunes. Mi papá solía repetir que nuestra familia era como una empresa en la que todos aportábamos para lograr los objetivos que nos proponíamos. De esta forma entendíamos las normas que debíamos cumplir; las razones por las que nos compraban o no los juguetes de nuestro antojo; las responsabilidades que asumíamos en la vida cotidiana; los viajes que hacíamos o no… siempre con los propósitos familiares como el criterio. Así nuestra familia fue un lugar de pertenencia. En ese lugar, nuestros esfuerzos eran recompensados por la satisfacción de las metas alcanzadas para el bienestar de todos. Vivir en la misma casa no es una familia. Tener todas las comodidades o esconder las necesidades para aparentar bienestar no es una familia. Tener sólo proyectos individuales y egoístas no es una familia. Eliminar los espacios comunes y los ritos que nos encuentran no es una familia.

Una familia es un privilegiado lugar de aprendizaje. El contexto familiar es semejante a un simulador de vuelo. Los nuevos pilotos tienen la oportunidad de volar y equivocarse sin consecuencias catastróficas. El movimiento de todos los controles; las tormentas eléctricas y los fuertes vientos; las maniobras de despegue y aterrizaje, etc. Todos esos nuevos conocimientos pueden aprenderse sin riesgos reales guiados por pilotos experimentados que aprovechan el simulador para enseñar. Así es nuestra familia. En ella aprendemos a contestar las preguntas que nos convertirán en pilotos expertos: ¿qué sucede si administro mal el dinero? ¿Cómo debo tratar a las otras personas? ¿Cómo debo enfrentar los fracasos? ¿Cuál es la diferencia entre las personas que me aman y las que sólo quieren aprovecharse de mí? ¿Por qué debo ser responsable, disciplinado y esforzado? ¿Puedo mentir o robar? Nuestros niños y jóvenes pueden resolver estas y otras cuestiones de su vida en sus familias, antes de que el mundo se las enseñe. No importa quiénes o cuántos conforman nuestra familia, ella siempre debe ser un espacio creativo y amoroso.

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El poder del NO

Ninguna otra palabra contiene tanta frustración y tanto poder de confrontación como la palabra no. Nuestras acciones personales y laborales están encaminadas a evitar, por todos los medios, que esta palabra sea pronunciada en contra nuestra. “No lo quiero”; “No acepto”; “No es posible”; “No fue aprobado”; “No fue recibido”. Innumerables ocasiones en las que recibimos un “no” como respuesta y que ponen a prueba nuestra fuerza; la confianza que tenemos en nuestro talento; la perseverancia y la constancia con la que luchamos por nuestros propósitos vitales.   Después de un “no”, es posible hacer diferencia entre la valentía y la tenacidad de unas personas y la debilidad de otras. ¿Por qué, mientras unas personas usan los fracasos de la vida para levantarse con más grandeza, otras personas usan los fracasos de su vida para justificar su situación o explicar su pereza o su miedo?

Ninguna fuerza sobrehumana ha dotado o prodigado mayor suerte o bendición a unos seres humanos sobre otros. La diferencia real la han hecho los maestros: padres, docentes y tutores que confirieron a sus hijos y estudiantes toda la fuerza personal necesaria para convertir una derrota en una oportunidad. Cada vez que estos niños fueron formados en ese mágico lenguaje, se esforzaron por hacer comprensiones más complejas sobre la vida; a usar y aprovechar otros recursos personales o elementos a su disposición para resolver el fracaso o la respuesta negativa. Estos sabios maestros: padres y docentes, descubrieron el tiempo, el lugar y la circunstancia más oportuna para enseñarles a sus discípulos a escuchar la palabra “no”. Ellos sabían que, al hacerlo, preparaban a estos nuevos seres humanos para luchar en mundo vital esforzado y difícil. Una pequeña norma en el aula o el hogar; el cumplimiento de hábitos u horarios; la negación de algunos de sus deseos de comida, salida o vestido, fueron dolorosas enseñanzas que, sumadas, se tradujeron en un hombre y mujer con la suficiente fuerza espiritual para triunfar en la vida; para usar las derrotas en pro de nuevas victorias; para hacer de un desilusionante “no”, una motivación para continuar.

¡Qué dolorosa y peligrosa herencia dejamos a nuestros hijos cuando nos convertimos en sus genios de la lámpara! Cumplimos todos sus deseos; accedemos a todas sus peticiones y exigencias; resolvemos todos sus problemas y apartamos todos sus obstáculos; arriesgamos su vida y su salud permitiéndoles consumir alcohol y otras sustancias sin control; nos desentendemos de sus horarios de sueño y los dotamos de todos los medios tecnológicos posibles…

Una sola palabra nos aparta o nos acerca de poner a nuestros hijos e hijas en lugares de victoria. ¿Por qué tememos decir “no”?

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