Colegio GCA

¡Prepárate para ser feliz!


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¿DEBO SER AMIGO DE MIS HIJOS?

Es motivo de polémica esta cuestión de si debemos o no ser amigos de nuestros hijos. Desde diferentes corrientes psicológicas, nos vienen respuestas a favor y en contra. Sin duda, la cuestión también involucra nuestra tarea como maestros: ¿los docentes debemos ser amigos de nuestros estudiantes? Pues bien, quiero aprovechar este espacio para compartirles algunas de mis reflexiones al respecto.

Tal vez, las desfiguradas relaciones de amistad han confundido el nombre que damos a nuestras relaciones. Así, quienes defienden la idea de que papá y mamá deben ser padres y no amigos describen contextos de complicidad e irresponsabilidad en los que son educados algunos niños y jóvenes. Patrocino el licor que van a consumir; no les defino límites de tiempo para llegar a casa o no programo espacios para que nuestros hijos compartan con la familia a la que pertenecen; les permito que nos hablen o, en ocasiones, nos griten borrando nuestro lugar como tutores; cumplo todos sus caprichos y deseos; justifico todas sus equivocaciones y quito de en medio todos los obstáculos que la vida le propone. Entonces, si esas son las pautas de relación con mi hijo, no soy ni su padre ni su mejor amigo, soy su peor enemigo. ¿Qué amigo fiel me lanza al abismo del desorden, la indisciplina, la irresponsabilidad y el descontrol? ¿Podemos llamarle amigo a aquella persona que se propone complacerme en todo para hundirme en la peor de las desgracias?

Los buenos amigos con los que Dios me ha bendecido son las personas más exigentes y críticas que he tenido. Su preocupación permanente, su generosidad, sus enseñanzas, su compañía incondicional. Son las personas más duras y radicales con mis errores y las más amorosas conmigo. Les puedo contar sin miedo mis errores más vergonzosos y los momentos más dolorosos de mi historia. Todo lo que saben de mí son las razones que completan el amor que sienten por mí. Si esto es capaz de hacer un amigo que me encuentro en el transcurso de la vida, ¿cuánto es capaz de hacer mi papá y mi mamá cuando se convierten en mis verdaderos amigos? Estoy seguro que la mejor forma de hacerle frente a este mundo convulsionado es lograr que nuestros niños y jóvenes tengan en sus adultos tutores amigos sinceros y comprometidos con su vida.

Disfruten de la experiencia más maravillosa que puede tener un padre con sus hijos o un maestro con sus estudiantes cuando es su mejor amigo: lograr que reconozcan tu autoridad, valoren y respeten tu experiencia y tus normas, confíen en ti para contar las cosas importantes de tu vida, quieran disfrutar contigo sus juegos y diversiones, hablen de ti por tu ejemplo de vida y quieran ser como tú. En esto consiste mi felicidad: mis estudiantes me reconocen y me respetan como su maestro y saben, en el fondo de su corazón, que los amo como su mejor amigo.

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En la boca del lobo…

Siempre será más sabio prevenir que corregir. Esta es una evidencia que no necesita muchas explicaciones, nos resulta verdadera en sí misma. Sin embargo, cuando se trata de nuestra vida cotidiana, de las acciones y decisiones con las que vamos completando nuestros días, prevenir no es, precisamente, la consigna.

La tentación permanente a aplazar lo que debemos hacer; la tendencia a llevar hasta el límite los hábitos que, sabemos, hacen daño a nuestra salud; la costumbre arraigada de ignorar las advertencias, la norma, el aviso de peligro; todas esas acciones que nos hacen caminar por el innecesario filo entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, la vida y la muerte. Ahora bien, cuando se trata de la formación permanente de nuestros niños y jóvenes, preferir la corrección a la prevención es la peor de las elecciones. Nuestra tarea como padres y maestros es construir estrategias de formación, protección y cuidado preventivo, ¡no correctivo! En estos años, he podido constatar cómo muchos de los que hoy son los problemas más complejos que enfrenta la escuela tienen origen en un adulto necio que prefirió la corrección a la prevención.

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Voy a mostrarlo enseguida:

Es evidente el peligro al que están expuestos nuestros hijos e hijas ante las redes sociales y todo el contenido que ofrece el mundo virtual, la Web. Es indiscutible. Sin embargo, a mí me surgen sólo preguntas: está bien que debas mantener la comunicación con tus hijos, pero ¿debe ser con un aparato electrónico de última tecnología con acceso a TODO? ¿Debe ser con el mejor plan de datos? No comprendo bien para que, un niño de 8 años o un joven de 13 ó 16 años necesite una autopista virtual.

Todo se necesita en su tiempo, para un propósito y unas tareas definidas. Eso hace valiosa la tecnología. Me dicen que deben tener Internet en casa. Está bien. Pero, ¿es posible que adquiramos el plan que lo protege de visitar páginas nocivas? ¿Podemos hacer el pequeño esfuerzo de comunicarnos con la empresa que presta el servicio para pedirle bloquear lo indeseado y acceder permanentemente al historial? De acuerdo, Internet es parte de nuestra vida.

Pero, ¿debe tener el PC en su habitación? ¿No es posible que definamos horas, lugares y condiciones de acceso? Sé que estamos expuestos a la perversión de adultos pedófilos, expendedores de drogas y otras atrocidades contra nuestros niños y jóvenes. Pero, ¿cómo es posible que mi hijo o hija salga de casa sin control? ¿Dónde estoy yo cuando mi hijo decide salir a cualquier lugar, con cualquier persona? No quiero que envíe ni reciba material pornográfico ni propuestas que atenten contra su vida, pero le entrego todo el material suficiente para que suceda lo contrario.

Le estamos haciendo demasiado fácil el trabajo a los delincuentes. Somos demasiados ingenuos… e irresponsables. A los peligros siempre estarán expuestos. El mal siempre estará con nosotros. Ese no es el problema, el problema es que nuestra ingenuidad los ha puesto en la boca del lobo…

Camilo Castaño, Rector 


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¿Qué es una familia?

La cuestión que propongo es polémica y difícil de resolver. Mi definición de la familia tiene una sola motivación: descubrir un lugar en el que los niños y jóvenes encuentren todo el amor que merecen para alcanzar su felicidad personal. Ellos no son responsables de las decisiones de los adultos. Sus vidas no deben quedar condenadas por acusaciones morales o creencias religiosas que los desconocen como la única prioridad. Les propongo que vayamos más allá de la familia ideal y pensemos cómo construir familias asumiendo las circunstancias de la vida. Más allá de quiénes sean las personas que conviven en casa, lo importante es la disposición que estas personas tienen para convertir ese lugar en un amoroso espacio familiar. Entonces, ¿qué es una familia?

Una familia es un lugar en el que los adultos, los niños y los jóvenes están vinculados a proyectos comunes. Mi papá solía repetir que nuestra familia era como una empresa en la que todos aportábamos para lograr los objetivos que nos proponíamos. De esta forma entendíamos las normas que debíamos cumplir; las razones por las que nos compraban o no los juguetes de nuestro antojo; las responsabilidades que asumíamos en la vida cotidiana; los viajes que hacíamos o no… siempre con los propósitos familiares como el criterio. Así nuestra familia fue un lugar de pertenencia. En ese lugar, nuestros esfuerzos eran recompensados por la satisfacción de las metas alcanzadas para el bienestar de todos. Vivir en la misma casa no es una familia. Tener todas las comodidades o esconder las necesidades para aparentar bienestar no es una familia. Tener sólo proyectos individuales y egoístas no es una familia. Eliminar los espacios comunes y los ritos que nos encuentran no es una familia.

Una familia es un privilegiado lugar de aprendizaje. El contexto familiar es semejante a un simulador de vuelo. Los nuevos pilotos tienen la oportunidad de volar y equivocarse sin consecuencias catastróficas. El movimiento de todos los controles; las tormentas eléctricas y los fuertes vientos; las maniobras de despegue y aterrizaje, etc. Todos esos nuevos conocimientos pueden aprenderse sin riesgos reales guiados por pilotos experimentados que aprovechan el simulador para enseñar. Así es nuestra familia. En ella aprendemos a contestar las preguntas que nos convertirán en pilotos expertos: ¿qué sucede si administro mal el dinero? ¿Cómo debo tratar a las otras personas? ¿Cómo debo enfrentar los fracasos? ¿Cuál es la diferencia entre las personas que me aman y las que sólo quieren aprovecharse de mí? ¿Por qué debo ser responsable, disciplinado y esforzado? ¿Puedo mentir o robar? Nuestros niños y jóvenes pueden resolver estas y otras cuestiones de su vida en sus familias, antes de que el mundo se las enseñe. No importa quiénes o cuántos conforman nuestra familia, ella siempre debe ser un espacio creativo y amoroso.


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¿Prepárate para ser feliz?

¿Qué es la felicidad? Es una forma de vivir; una manera de enfrentar todas las cosas que nos suceden en la vida; es un modo de ver los problemas que enfrentamos, los triunfos o los fracasos que experimentamos. Ahora bien, a pesar de lo claro que resulta, es difícil hacerlo, asumirlo como un estilo de vida y enseñarlo. Creo, lleno de convicción, que la escuela debería dedicar todos sus esfuerzos a esta enseñanza: ¡Enseñar a ser feliz! Pero, ¿qué enseñan los que enseñan a ser feliz? En nuestro colegio seguimos un camino que quiero compartirles:

  1. Ningún ser humano carece de las habilidades necesarias para aprender. Queremos descubrir, para cada niño y niña, sus talentos, sus recursos más sobresalientes. Estamos convencidos de que si cada persona descubre que en su interior hay cosas que sí sabe hacer bien habrá descubierto su mayor tesoro. ¿Por qué insistimos en averiguar por lo que al niño le falta para ser mejor? ¿Por qué lo comparamos con los “niños modelo”? ¿Qué pasaría si, para corregir sus equivocaciones, resaltará sus valores personales? ¿Y si promocionará sus intereses, sus gustos, sus habilidades? ¿Y si apoyara su arte, su deporte, su capacidad intelectual?
  2. Cuando un ser humano descubre sus talentos, nuestra tarea como maestros es enseñarle a convertirlos en un PROPÓSITO VITAL. ¡Qué puede compararse en felicidad a la alegría de encontrarle sentido a la vida! ¡Con qué riqueza puedo medir la fortuna de saber y dedicarme a ese instrumento, a esos diseños, a ese deporte, a esos animales, a esas preguntas que me motivan! “Sé las habilidades que tengo, mis maestros las reconocen y promueven, y yo las convierto en un propósito vital”. Entonces, los maestros nos dedicaremos a mostrar que la auto-exigencia, la disciplina, la constancia y el esfuerzo lo harán llegar muy lejos. No lo dejaremos actuar con mediocridad; hará chocar todos sus miedos y derrotas contra la confianza en sí mismo y la convicción de su propósito vital.

Basta con reconocer todos sus valores, las diferencias que lo hacen incomparablemente perfecto; enseñarle a construir sus sueños aprovechando sus talentos; formándolo con amor exigente y esforzado; y enseñándole a no dejarse doblegar por los obstáculos. ¿Habrá un camino más amoroso que conduzca a la felicidad?

Nuestro colegio trabaja todos los días para ser más coherente con ese camino de formación. Querido papá y mamá, ¿en tu casa haces el mismo esfuerzo? ¿Los diálogos que tienes con tu hijo reconocen toda la perfección que hay en ellos? ¿Les dejas ver todo lo que saben hacer para corregir sus errores y alcanzar sus metas? ¿Nuestra vida familiar promueve el esfuerzo, la dedicación para el logro de pequeñas metas o los pequeños sacrificios para la obtención