Colegio GCA

¡Prepárate para ser feliz!


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¿Hablamos de sexo?

¿Cuál es el momento más oportuno para resolver las inquietudes que mis hijos tienen sobre la vida sexual? ¿Los maestros en el colegio deben enseñarles todo acerca de su cuerpo, el amor, las relaciones íntimas…? ¿Debo acudir a un profesional en psicología experto en sexualidad? ¿Espero hasta que, en su adolescencia, sus amigos y amigas les enseñen “todo” acerca del sexo? Estas preguntas acuden a nosotros, formadores y padres de familia, todo el tiempo. Para nuestra sorpresa, a pesar de que la sexualidad es un aspecto fundamental de la formación humana, los adultos seguimos abordando el tema con recelo, con excesivo moralismo o, en el peor de los casos, con una equivocada apertura. Les propongo algunas acciones y reflexiones que fortalezcan nuestra tarea en este aspecto esencial:

  1. La familia es la mejor escuela para la educación sexual. Sólo la orientación amorosa de papá y mamá nos permitirán comprender el vínculo entre nuestro cuerpo, el deseo sexual y el amor. ¡Quién puede, con mayor cuidado y respeto, enseñarnos que entregar nuestro cuerpo en las relaciones sexuales es dar a la otra persona un preciado tesoro! El ejemplo de fidelidad y respeto que me ofrecen mis padres es la medida del respeto y cuidado que tengo por mi propio cuerpo.
  2. La educación sexual no se reduce a explicar cómo usar un preservativo o aplicar cualquier método anticonceptivo. Por ese camino, promovemos una denigrante promiscuidad. Deja de ser importante cada ser humano y sólo es importante evitar cualquier enfermedad de transmisión sexual o un embarazo inesperado.   Nuestra dignidad personal es mucho mayor; ser valioso para mí y para los demás; convertir un beso, una caricia, un abrazo y una relación íntima en un acto de amor; poner límite a las personas que abusan de la confianza que les brindo y me irrespetan.
  3. Finalmente, el mejor camino para formar a nuestros hijos en el respeto y amor por su propia vida sexual es enseñarles a luchar por sus propósitos vitales. Una persona con metas concretas aprende a elegir las personas con las que quiere estar, los lugares que quiere compartir y los sacrificios o esfuerzos que debe hacer para alcanzar sus sueños. Un joven sin metas, aconsejado por el ocio y la soledad, es víctima de todas las ofertas que este mundo le ofrece.

Así pues, nuestros niños y jóvenes esperan que seamos el mejor ejemplo de vida para aprender a respetar su propio cuerpo; para amar con fidelidad y responsabilidad; para alejarse de la promiscuidad; para protegerse de todo lo que pueda hacerles daño; para aprender a luchar por los sueños que motivan nuestra vida, compartiéndolos sólo con aquellas personas que merecen estar a nuestro lado.

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¿Tus hijos confían en ti?

La primera vez que fui a la montaña lo hice en compañía de un montañista experto. Desde cuando esa pequeña travesía empezó, mi maestro propició conversaciones en las que pude expresar mi miedo y mis debilidades. Mi maestro escalador no dudo en contarme sus propios miedos, narrándome anécdotas y reconociendo obstáculos que él mismo aún no había podido sortear. Sus propios retos, problemas y experiencias me dieron fuerza y tranquilidad para saber que subir la montaña era difícil, ¡pero era posible! Al llegar a la montaña, mi maestro caminó y escaló conmigo con la seriedad y la responsabilidad de una travesía a la más alta montaña. Estoy seguro que ese trayecto simple y fácil, él lo había recorrido infinitas veces, sin embargo, con la paciencia y la confianza que sólo imprime un amoroso maestro, él escaló conmigo MÍ más alta montaña. ¡Yo pude hacerlo!

Con mucha frecuencia, escucho a los padres de familia reclamar con desespero y tristeza por qué sus hijos e hijas no confían en ellos. “¿Por qué no me cuentas lo que pasa…?”, “¡confía en mí!”, “¡La próxima vez, dímelo…!”, “¡No sabía que te sentías así!”: estas son las reclamaciones que más escucho cuando participo de las conversaciones entre los padres de familia y sus hijos. Siempre respondo igual: la pregunta no debes formulársela a tus hijos. El problema no es qué deben hacer mis hijos, el problema es qué debo hacer yo para que ellos confíen en mí. La confianza no es un acto de obediencia. Confiar es abrir el corazón con generosidad a personas que han probado, sin duda, que te aman, respetan tu diferencia, reconocen tu valor y confían en ti. ¿Han confiado alguna vez en personas que nunca les quieren hablar sobre su propia vida? ¿Están dispuestos a contar sus secretos más íntimos o sus mayores preocupaciones a una persona que no confía en ustedes? Infundirles miedo, tener siempre la respuesta correcta, hacerles creer que nunca te equivocas y todo lo sabes y lo haces perfecto; cerrar las puertas para conversar sobre tú propia vida; juzgar sus amigos, su corte cabello, su forma de vestir; reírte de sus problemas porque te parecen simples, o de sus juegos y sus sueños porque te parecen tontos o inalcanzables, porque “todavía no sabe lo que es la vida”… Ahí tienes la fórmula perfecta para que tu hijo desconfíe de ti.

Ser padre o madre es arriesgar tu propia vida para ganar la de tus hijos. No hay amor que no sea entrega. La confianza es un camino que sólo recorren dos.


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¿Prepárate para ser feliz?

¿Qué es la felicidad? Es una forma de vivir; una manera de enfrentar todas las cosas que nos suceden en la vida; es un modo de ver los problemas que enfrentamos, los triunfos o los fracasos que experimentamos. Ahora bien, a pesar de lo claro que resulta, es difícil hacerlo, asumirlo como un estilo de vida y enseñarlo. Creo, lleno de convicción, que la escuela debería dedicar todos sus esfuerzos a esta enseñanza: ¡Enseñar a ser feliz! Pero, ¿qué enseñan los que enseñan a ser feliz? En nuestro colegio seguimos un camino que quiero compartirles:

  1. Ningún ser humano carece de las habilidades necesarias para aprender. Queremos descubrir, para cada niño y niña, sus talentos, sus recursos más sobresalientes. Estamos convencidos de que si cada persona descubre que en su interior hay cosas que sí sabe hacer bien habrá descubierto su mayor tesoro. ¿Por qué insistimos en averiguar por lo que al niño le falta para ser mejor? ¿Por qué lo comparamos con los “niños modelo”? ¿Qué pasaría si, para corregir sus equivocaciones, resaltará sus valores personales? ¿Y si promocionará sus intereses, sus gustos, sus habilidades? ¿Y si apoyara su arte, su deporte, su capacidad intelectual?
  2. Cuando un ser humano descubre sus talentos, nuestra tarea como maestros es enseñarle a convertirlos en un PROPÓSITO VITAL. ¡Qué puede compararse en felicidad a la alegría de encontrarle sentido a la vida! ¡Con qué riqueza puedo medir la fortuna de saber y dedicarme a ese instrumento, a esos diseños, a ese deporte, a esos animales, a esas preguntas que me motivan! “Sé las habilidades que tengo, mis maestros las reconocen y promueven, y yo las convierto en un propósito vital”. Entonces, los maestros nos dedicaremos a mostrar que la auto-exigencia, la disciplina, la constancia y el esfuerzo lo harán llegar muy lejos. No lo dejaremos actuar con mediocridad; hará chocar todos sus miedos y derrotas contra la confianza en sí mismo y la convicción de su propósito vital.

Basta con reconocer todos sus valores, las diferencias que lo hacen incomparablemente perfecto; enseñarle a construir sus sueños aprovechando sus talentos; formándolo con amor exigente y esforzado; y enseñándole a no dejarse doblegar por los obstáculos. ¿Habrá un camino más amoroso que conduzca a la felicidad?

Nuestro colegio trabaja todos los días para ser más coherente con ese camino de formación. Querido papá y mamá, ¿en tu casa haces el mismo esfuerzo? ¿Los diálogos que tienes con tu hijo reconocen toda la perfección que hay en ellos? ¿Les dejas ver todo lo que saben hacer para corregir sus errores y alcanzar sus metas? ¿Nuestra vida familiar promueve el esfuerzo, la dedicación para el logro de pequeñas metas o los pequeños sacrificios para la obtención